Talleres y Gruas Benito
Cantera Rojilla

Estamos equivocados, o por lo menos a mí me lo parece, sobre todo en el deporte y en especial en el fútbol. Llevamos nuestro gen ganador a nuestros hijos, ese que nos faltó cuando teníamos cualidades físicas, para dar patadas a un balón. No éramos tan competitivos de chavales, es más, no nos gustaba la disciplina. Sencillamente nos bastaba con un balón, dos piedras y muchos amigos dispuestos a pasar un rato. Horas y horas de entrega futbolística, sin más pretensión que la de divertirte. Había muchos sitios donde jugábamos, calles, plazas, algunos zonas libres de labranza o edificación, como las playas, el “Campo las Vacas” o la “Huerta Bernal”.

Las reglas existían, pero eran muy peculiares y se aplicaban entre todos, pero siempre había un líder que imponía al final su criterio. A ver, por recordar, como la quien echa el balón fuera va a por él, el que mete el último gol gana, tu portería es más chica, los goles solo valen de cintura para abajo o a rastrera, solo vale dentro del área imaginaria marcada por nosotros, no vale tirar de lejos, ni de cañonazos. Las faltas se marcaban entre los dos implicados en la jugada y tenía que ser muy clara, tanto que solo se paraba el balón si había sangre o alguien salía llorando. Había mucho respeto, tanto que si llegaban los mayores a jugar, los más pequeños nos retirábamos, bueno respeto o sensatez, ya que en la calle imperaba la ley del más fuerte. Sí pasaba algún coche se decía “pie quieto”, pasaba el coche y todos a correr. Lo último era no mosquear al dueño de la pelota, ya que si no se hacía lo que él quería, se acababa el partido. Ni había equipaciones, balones, botas, porterías, nada de nada, solo una gran ilusión. A pesar de todo éramos más felices, supongo que por la simple razón de que nuestros padres no aparecían.

Era nuestra libertad, no pensábamos en el mañana, solo en el presente, el momento, en llegar a casa exhaustos, sucios de polvo y con alguna herida que nuestras madres curaban, sin preguntar quién te había pegado la patada, se entendía que ese riesgo era implícito en el fútbol callejero. Ahora todo es diferente, los padres se convierten en carceleros de sus hijos, no le dejan respirar, le llevan del inglés al fútbol y después a matemáticas, pasando por alguna clase más. En los partidos es impresionante, discuten, se pelean y controlan cada minuto que su hijo ha estado en el campo, como si la vida le fuera en ello. Se les exige más de lo que pueden dar, se les compran botas, camisetas e incluso se les somete a sesiones de videos para mejorar su técnica. A esos padres les importan un bledo sus hijos, son el reflejo de la competitividad pasiva, aquella que no queríamos para nosotros. Pues amigos, poco a poco hacemos infelices a nuestros hijos, les estamos dando una jaula de oro, que al final es una jaula que les priva de libertad. Si quieres ver feliz a tu hijo, sencillamente dale libertad, deja que esté con sus amigos y pasen un buen rato jugando al fútbol.

Publicado: 22/06/2018 - Redacción